miércoles, 21 de enero de 2009

Welcome Obama


En tierra cubana, Cristina Fernández de Kirchner se pasea frente a los uniformados locales junto a Raúl Castro con un ecléctico traje verde. En Melbourne, Australia, miles de seguidores del deporte de la raqueta presencian bajo un sol tenaz los match que disputarán sus tenistas favoritos. Pero es 20 de enero y, más allá de diferentes agendas, preferencias y actividades, las miradas de todo el mundo están ubicadas en Washington.
No es para menos, Estados Unidos recibe a su cuadragésimo cuarto presidente. Con el Capitolio como marco, dos millones de norteamericanos de todas las razas, credos religiosos y simpatías políticas presenciaron la ceremonia de asunción de Barack Husseim Obama y agurdaron expectantes sus primeras palabras como primer mandatario.
Los recaudos que se tomaron para proteger al ex senador, no fueron pocos.
Mediante un exhaustivo operativo de seguridad, fueron requisadas una por una las personas presentes por los cuarenta mil policías encargados de que este acontecimiento se desarrollara dentro de los parámetros establecidos. Sin embargo, las medidas se extremaron, no sólo blindando el auto que trasladó al hawaiano, sino ultimando la seguridad en la vestimenta, ya que Obama lució un particular traje con costuras que se desprendían fácilmente que permiten salir rápidamente de un posible ataque físico. Además, la corbata roja que singularizó el look protocolar, se quitaba sin necesidad de hacer el nudo, evitando un estrangulamiento o similar agresión.
En cuanto a la ceremonia en sí, el desfile de famosos bien parecía la alfombra roja de alguna de las entregas de premios hollywoodenses. Asimismo, ex funcionarios y actuales políticos se dieron cita y escucharon a Aretha Franklin homenajeando al primer presidente afroamericano de la historia del país del norte.
Por su parte, el carismático Barack realizó el juramento ante la Constitución y frente a la atenta mirada de su esposa Michelle y, acto seguido, pronunció un discurso tan simbólico como efectivo.
En aproximadamente veinte minutos, el oriundo de Hawai se dirigió al pueblo estadounidense refiriéndose a dos grandes temas: por un lado, , el espíritu y la política nacional y, por otro, política exterior.
Sobre el primer aspecto, enfatizó trabajar en la esperanza y la confianza y, sobre todo, volver a creer en la fuerza de Estados Unidos y de su gente, particularmente en volver al esfuerzo de sus antepasados para lograr una plena optimización del mismo. Al respecto, se refirió al Estado Nacional actual como un estado ausente que debe revertirse en varios sentidos, tales como el acceso a las políticas de salud, la ecología y la ciencia.
En el momento de mencionar las medidas de política exterior, Obama se centró en un mensaje unidireccional, sin ambigüedades, del que recibió una posterior ovación. "Devolveremos el gobierno de Irak a manos de su pueblo" fue, quizás, la afirmación más impactante, sobre todo, al decirla frente al presidente saliente y principal impulsor de esa guerra sucia, George Bush. Siguió seguramente en orden de impacto, cuando aseguró la paz en Afganistán.
Los días que vendrán para este demócrata son de extrema cintura política para lograr avanzar hacia la concreción de sus objetivos.
Objetivos que son tan emblemáticos como productivos, tan solemnes como aventurados, serán tan críticos como apoteóticos.
Creamos que es posible no relacionar las estrellas y las rayas con tropas y fusiles. Permitámonos soñar con una potencia con menos influencia del Tío Sam y más cercana a Martin Luther King. Confiemos en que una nueva dirigencia política nace desde hoy con Barack Obama y saludemos para siempre a quienes han matado de hambre, mutilado cuerpos con bombardeos y privado generacionalmente a millones de personas en otros continentes detrás de un vaso de whisky en Texas.
Bye, bye, Bush.

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