jueves, 27 de noviembre de 2008

Pese a todo, demos gracias


La tarde noche es fría, demasiado fresca para esta época del año en Honolulu. Él juega tímidamente con un libro abierto, con unas páginas sueltas que a veces se le escapan debido a la brisa. Ensaya un discurso o algo parecido, como si le estuviera hablando a muchas personas. Pero nadie se encuentra frente a él. Con algo más de diez años se dirige a un sector del columpio primero y luego hace lo propio del otro lado del balancín. Claramente ha diferenciado dos bandos, o algo por el estilo.
Una tía se asoma por la puerta y lo llama. La cena está lista. En la mesa no faltan entremeses sumado al tradicional pavo estadounidense. No es la mesa de las Naciones Unidas, pero lo parece. Sujetos de distintas razas parecen evocar una misma festividad y dialogan fervorosamente sobre disitntos temas. Se muestran alegres, distendidos. No hay un solo indicio que les indique que debe haber antipatía o rechazo debido al color de su piel, sus creencias religiosas o a su militancia política. Es el día de acción de gracias. Y el niño vive con una naturalidad y una emoción inusitada esa reunión familiar que se asemeja a lo que en sudamérica nos han inculcado como un crisol de razas.
Como en aquella oportunidad, ayer también fue acción de gracias en el país del norte. Una ceremonia que no hemos adoptado (y esperemos no lo hagamos) pero que podemos deducir que constituye una de las mayores fechas a tener en cuenta por el calendario popular, cívico y ciudadano de los Estados Unidos.
Aquel niño que esbozaba prédicas al viento como quien desoja margaritas, es hoy el hombre en quien se proyecta el cambio de la nación que domina políticamente al mundo.
Barack Husseim Obama ya no ensaya en Chicago sus discursos, pero continúa teniendo muy en claro que su país está fragmentado en dos y que tiene que gobernar intentando dejar a todos conformes. Este hawaiano, con una familia sólida y principios consecuentes comenzó desde abajo y goza de amplias y fundadas referencias académicas. Antes de consolidarse como senador, fue un destacado en ciencias políticas y leyes, el sustento necesario para consolidarse en su banca y catapultarse a lo que hoy lo posiciona en el ojo de la tormenta y en las oraciones de millones de ciudadanos que habitan USA, tanto nativos como extranjeros.
El establishment intentará seducirlo y presionarlo con algo más que los índices que deja la crisis financiera mundial. La oposición republicana jugará sendas pulseadas en varios territorios para foguear y tantear cuál es el cielo de este afroamericano que supo ganarse la admiración de Hillary Clinton en las internas y el elogio mediático que lo encumbró ni bien comenzaron los sondeos.
En varios días más, Obama sucederá a un tirano de polleras, mediocre intelectualmente y ligero de bares, que sumió a su gente en un temor inusitado. Este hombre de color (como si Bush, Reagan y Nixon, por citar algunos nombres, hubiesen sido incoloros), como muchos lo llaman, será el primer presidente negro de los Estados Unidos de América y, paradójicamente, es al que auguran un futuro más nítido y el que ha resultado victorioso de la manera menos oscura.
Aunque a miles de kilómetros, no podemos dejar de sentirnos victoriosos también. Porque quizás todo ser humano que pretenda un mañana más calmo teniendo en cuenta las diferencias más allá de las hostilidades, debe sentirse más confortado al saber que este demócrata será quien esté dirigiendo los hilos desde la Casa Blanca.
En el Cono Sur no festejamos acción de gracias, es cierto, por qué hacerlo. Pero igualmente demos gracias porque la democracia se hizo presente donde se pensaba que no volvería a tener lugar. Como pregonaron los griegos o como desarrollara con sanguínea convicción Alexis de Tocqueville, la democracia a veces se torna tan perfecta que parece impracticable.
Animémonos a ella. Y demos gracias.

domingo, 23 de noviembre de 2008

De Amores y De Odios con la Madre Patria


En 1810, la denominada Primera Junta de Gobierno, comenzaba en el Cabildo (del actual Buenos Aires) las gestiones públicas para expulsar de nuestro territorio al virreinato español que por esos años nos gobernaba.
Un poco más de un siglo después, recibíamos con los brazos abiertos a los miles de inmigrantes españoles que, escapando de la guerra que mutilaba al viejo continente y víctimas del régimen franquista, pedían asilo en suelo argentino.
Casi otro siglo ha pasado y, más allá de las nefastas negociaciones de las compañías (telefónicas, aéreas, etc., etc., etc.,) que nos vinculan con la madre patria, un dejo de unidad existe actualmente entre las dos naciones. Y eso se pudo percibir ayer, en el estadio Islas Malvinas de la ciudad de Mar del Plata donde, desde el pasado viernes, se disputó la final de la Copa Davis entre Argentina y España.
Mucho se dice y se dirá del rendimiento técnico, físico y psicológico de ambos equipos. Tanto se escuchará sobre las actuaciones individuales de los consagrados "gallegos" o sobre los cabizbajos locales. Páginas enteras escribirán sobre el fantasma de un Nadal que sobrevoló la Feliz sin ninguna capa, la misma capa que fustigarán, se le cayó al rey David.
Todos y cada uno de estos comentarios sólo llenarán un espacio mediático lógico por unos días. Luego el fin de año y otras cavilaciones se encargarán de quitar la ensaladera de plata de los humores de turno de los pasquines y de los micrófonos.
Pero la historia se encargará de perpetuar otros episodios, otras sutilezas que se sobreponen a lo inmediato, al gesto temeroso de un Del Potro adolescente, a los dientes apretados de un Nalbandian indignado, a las ojeras de aquel Calleri buscando respuestas o a las lágrimas de un Acasuso vitoreado por propios y ajenos. Será esto último, el aplauso de pie sin detenerse en el score, lo que perdure en la memoria de quienes disfrutan, viven y sienten el deporte como una expresión genuina.
En la historia se inscribirá el pedido gentil de un Feliciano López pidiendo a su parcialidad que repitiera a viva voz "Argentina, Argentina", las declaraciones de un Verdasco sorprendido por el viento a favor y las palabras del capitán español, Emilio Sánchez Vicario, destacando con solemnidad el trato recibido en estas latitudes y la entrega de la localía pese a enfrentarse a una ya reconocida potencia en esta competencia.
Quizás solamente reste examinar el grado de autocrítica sobre todo lo relacionado a este espectáculo deportivo, partiendo de lo organizacional hasta la responsabilidad que se deposita en chicos que recién comienzan a levantar trofeos y a desandar podios. Pero eso quedará para los actores en cada una de esas instancias. Nosotros, cabe destacar, disfrutamos más allá de lo que indicó el resultado final.
Como en 1981 con Vilas y Clerc o en 2006, con algunos rostros repetidos, el hecho de disputar esta final del mundo nos debe dejar complacidos, ávidos de continuar nuestro romance con la raqueta. Y por qué no, el 2009 nos encuentre volando a Madrid para continuar este pacífico litigio con renovadas esperanzas en nuestra tenaz Legión.