
La tarde noche es fría, demasiado fresca para esta época del año en Honolulu. Él juega tímidamente con un libro abierto, con unas páginas sueltas que a veces se le escapan debido a la brisa. Ensaya un discurso o algo parecido, como si le estuviera hablando a muchas personas. Pero nadie se encuentra frente a él. Con algo más de diez años se dirige a un sector del columpio primero y luego hace lo propio del otro lado del balancín. Claramente ha diferenciado dos bandos, o algo por el estilo.
Una tía se asoma por la puerta y lo llama. La cena está lista. En la mesa no faltan entremeses sumado al tradicional pavo estadounidense. No es la mesa de las Naciones Unidas, pero lo parece. Sujetos de distintas razas parecen evocar una misma festividad y dialogan fervorosamente sobre disitntos temas. Se muestran alegres, distendidos. No hay un solo indicio que les indique que debe haber antipatía o rechazo debido al color de su piel, sus creencias religiosas o a su militancia política. Es el día de acción de gracias. Y el niño vive con una naturalidad y una emoción inusitada esa reunión familiar que se asemeja a lo que en sudamérica nos han inculcado como un crisol de razas.
Como en aquella oportunidad, ayer también fue acción de gracias en el país del norte. Una ceremonia que no hemos adoptado (y esperemos no lo hagamos) pero que podemos deducir que constituye una de las mayores fechas a tener en cuenta por el calendario popular, cívico y ciudadano de los Estados Unidos.
Aquel niño que esbozaba prédicas al viento como quien desoja margaritas, es hoy el hombre en quien se proyecta el cambio de la nación que domina políticamente al mundo.
Barack Husseim Obama ya no ensaya en Chicago sus discursos, pero continúa teniendo muy en claro que su país está fragmentado en dos y que tiene que gobernar intentando dejar a todos conformes. Este hawaiano, con una familia sólida y principios consecuentes comenzó desde abajo y goza de amplias y fundadas referencias académicas. Antes de consolidarse como senador, fue un destacado en ciencias políticas y leyes, el sustento necesario para consolidarse en su banca y catapultarse a lo que hoy lo posiciona en el ojo de la tormenta y en las oraciones de millones de ciudadanos que habitan USA, tanto nativos como extranjeros.
El establishment intentará seducirlo y presionarlo con algo más que los índices que deja la crisis financiera mundial. La oposición republicana jugará sendas pulseadas en varios territorios para foguear y tantear cuál es el cielo de este afroamericano que supo ganarse la admiración de Hillary Clinton en las internas y el elogio mediático que lo encumbró ni bien comenzaron los sondeos.
En varios días más, Obama sucederá a un tirano de polleras, mediocre intelectualmente y ligero de bares, que sumió a su gente en un temor inusitado. Este hombre de color (como si Bush, Reagan y Nixon, por citar algunos nombres, hubiesen sido incoloros), como muchos lo llaman, será el primer presidente negro de los Estados Unidos de América y, paradójicamente, es al que auguran un futuro más nítido y el que ha resultado victorioso de la manera menos oscura.
Aunque a miles de kilómetros, no podemos dejar de sentirnos victoriosos también. Porque quizás todo ser humano que pretenda un mañana más calmo teniendo en cuenta las diferencias más allá de las hostilidades, debe sentirse más confortado al saber que este demócrata será quien esté dirigiendo los hilos desde la Casa Blanca.
En el Cono Sur no festejamos acción de gracias, es cierto, por qué hacerlo. Pero igualmente demos gracias porque la democracia se hizo presente donde se pensaba que no volvería a tener lugar. Como pregonaron los griegos o como desarrollara con sanguínea convicción Alexis de Tocqueville, la democracia a veces se torna tan perfecta que parece impracticable.
Animémonos a ella. Y demos gracias.
Una tía se asoma por la puerta y lo llama. La cena está lista. En la mesa no faltan entremeses sumado al tradicional pavo estadounidense. No es la mesa de las Naciones Unidas, pero lo parece. Sujetos de distintas razas parecen evocar una misma festividad y dialogan fervorosamente sobre disitntos temas. Se muestran alegres, distendidos. No hay un solo indicio que les indique que debe haber antipatía o rechazo debido al color de su piel, sus creencias religiosas o a su militancia política. Es el día de acción de gracias. Y el niño vive con una naturalidad y una emoción inusitada esa reunión familiar que se asemeja a lo que en sudamérica nos han inculcado como un crisol de razas.
Como en aquella oportunidad, ayer también fue acción de gracias en el país del norte. Una ceremonia que no hemos adoptado (y esperemos no lo hagamos) pero que podemos deducir que constituye una de las mayores fechas a tener en cuenta por el calendario popular, cívico y ciudadano de los Estados Unidos.
Aquel niño que esbozaba prédicas al viento como quien desoja margaritas, es hoy el hombre en quien se proyecta el cambio de la nación que domina políticamente al mundo.
Barack Husseim Obama ya no ensaya en Chicago sus discursos, pero continúa teniendo muy en claro que su país está fragmentado en dos y que tiene que gobernar intentando dejar a todos conformes. Este hawaiano, con una familia sólida y principios consecuentes comenzó desde abajo y goza de amplias y fundadas referencias académicas. Antes de consolidarse como senador, fue un destacado en ciencias políticas y leyes, el sustento necesario para consolidarse en su banca y catapultarse a lo que hoy lo posiciona en el ojo de la tormenta y en las oraciones de millones de ciudadanos que habitan USA, tanto nativos como extranjeros.
El establishment intentará seducirlo y presionarlo con algo más que los índices que deja la crisis financiera mundial. La oposición republicana jugará sendas pulseadas en varios territorios para foguear y tantear cuál es el cielo de este afroamericano que supo ganarse la admiración de Hillary Clinton en las internas y el elogio mediático que lo encumbró ni bien comenzaron los sondeos.
En varios días más, Obama sucederá a un tirano de polleras, mediocre intelectualmente y ligero de bares, que sumió a su gente en un temor inusitado. Este hombre de color (como si Bush, Reagan y Nixon, por citar algunos nombres, hubiesen sido incoloros), como muchos lo llaman, será el primer presidente negro de los Estados Unidos de América y, paradójicamente, es al que auguran un futuro más nítido y el que ha resultado victorioso de la manera menos oscura.
Aunque a miles de kilómetros, no podemos dejar de sentirnos victoriosos también. Porque quizás todo ser humano que pretenda un mañana más calmo teniendo en cuenta las diferencias más allá de las hostilidades, debe sentirse más confortado al saber que este demócrata será quien esté dirigiendo los hilos desde la Casa Blanca.
En el Cono Sur no festejamos acción de gracias, es cierto, por qué hacerlo. Pero igualmente demos gracias porque la democracia se hizo presente donde se pensaba que no volvería a tener lugar. Como pregonaron los griegos o como desarrollara con sanguínea convicción Alexis de Tocqueville, la democracia a veces se torna tan perfecta que parece impracticable.
Animémonos a ella. Y demos gracias.

