domingo, 23 de noviembre de 2008

De Amores y De Odios con la Madre Patria


En 1810, la denominada Primera Junta de Gobierno, comenzaba en el Cabildo (del actual Buenos Aires) las gestiones públicas para expulsar de nuestro territorio al virreinato español que por esos años nos gobernaba.
Un poco más de un siglo después, recibíamos con los brazos abiertos a los miles de inmigrantes españoles que, escapando de la guerra que mutilaba al viejo continente y víctimas del régimen franquista, pedían asilo en suelo argentino.
Casi otro siglo ha pasado y, más allá de las nefastas negociaciones de las compañías (telefónicas, aéreas, etc., etc., etc.,) que nos vinculan con la madre patria, un dejo de unidad existe actualmente entre las dos naciones. Y eso se pudo percibir ayer, en el estadio Islas Malvinas de la ciudad de Mar del Plata donde, desde el pasado viernes, se disputó la final de la Copa Davis entre Argentina y España.
Mucho se dice y se dirá del rendimiento técnico, físico y psicológico de ambos equipos. Tanto se escuchará sobre las actuaciones individuales de los consagrados "gallegos" o sobre los cabizbajos locales. Páginas enteras escribirán sobre el fantasma de un Nadal que sobrevoló la Feliz sin ninguna capa, la misma capa que fustigarán, se le cayó al rey David.
Todos y cada uno de estos comentarios sólo llenarán un espacio mediático lógico por unos días. Luego el fin de año y otras cavilaciones se encargarán de quitar la ensaladera de plata de los humores de turno de los pasquines y de los micrófonos.
Pero la historia se encargará de perpetuar otros episodios, otras sutilezas que se sobreponen a lo inmediato, al gesto temeroso de un Del Potro adolescente, a los dientes apretados de un Nalbandian indignado, a las ojeras de aquel Calleri buscando respuestas o a las lágrimas de un Acasuso vitoreado por propios y ajenos. Será esto último, el aplauso de pie sin detenerse en el score, lo que perdure en la memoria de quienes disfrutan, viven y sienten el deporte como una expresión genuina.
En la historia se inscribirá el pedido gentil de un Feliciano López pidiendo a su parcialidad que repitiera a viva voz "Argentina, Argentina", las declaraciones de un Verdasco sorprendido por el viento a favor y las palabras del capitán español, Emilio Sánchez Vicario, destacando con solemnidad el trato recibido en estas latitudes y la entrega de la localía pese a enfrentarse a una ya reconocida potencia en esta competencia.
Quizás solamente reste examinar el grado de autocrítica sobre todo lo relacionado a este espectáculo deportivo, partiendo de lo organizacional hasta la responsabilidad que se deposita en chicos que recién comienzan a levantar trofeos y a desandar podios. Pero eso quedará para los actores en cada una de esas instancias. Nosotros, cabe destacar, disfrutamos más allá de lo que indicó el resultado final.
Como en 1981 con Vilas y Clerc o en 2006, con algunos rostros repetidos, el hecho de disputar esta final del mundo nos debe dejar complacidos, ávidos de continuar nuestro romance con la raqueta. Y por qué no, el 2009 nos encuentre volando a Madrid para continuar este pacífico litigio con renovadas esperanzas en nuestra tenaz Legión.

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